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PISA vuelve a encender la alarma
Los resultados educativos pueden medirse con pruebas, estadísticas y rankings. Pero hay una pregunta mucho más incómoda que deberíamos hacernos: ¿estamos enseñando a nuestros hijos las herramientas que realmente necesitarán dentro de diez o veinte años?
Los últimos informes PISA han vuelto a poner sobre la mesa algo que ya no podemos ignorar: existen importantes dificultades en comprensión lectora, matemáticas y otras competencias fundamentales.
Pero quizá el problema no sea solamente cuánto aprenden nuestros alumnos.
Quizá deberíamos preguntarnos qué estamos enseñando, cómo lo estamos enseñando y, sobre todo, para qué mundo los estamos preparando.
Aulas del siglo XVIII, currículo del XIX y tecnología del XXI
Seguimos organizando buena parte de la educación alrededor de un modelo diseñado para un mundo que ya no existe.
- Un profesor delante de una clase.
- Un alumno sentado escuchando.
- Un libro.
- Una pizarra.
- Un currículo dividido en asignaturas.
- Memorizar contenidos.
- Reproducirlos correctamente en un examen.
Durante generaciones este modelo tuvo sentido. La escuela tenía, entre otras funciones, que transmitir a los alumnos una información a la que difícilmente podían acceder por otros medios.
Pero hoy vivimos exactamente en el escenario contrario.
La información está en todas partes.
Y ahora tenemos algo todavía más disruptivo: la inteligencia artificial.
Una herramienta capaz de realizar en segundos operaciones matemáticas complejas, resumir un documento, traducir un idioma, escribir un texto, analizar información o generar imágenes y vídeos.
Entonces aparece una pregunta que deberíamos estar haciendo en todas las escuelas:
Si una máquina puede hacer muchas de las cosas que enseñamos a nuestros alumnos a hacer, ¿qué debemos enseñarles para que sepan utilizar esa máquina?
«Papá, ¿para qué quiero aprender matemáticas?»
Hace poco tuve una conversación con mi hijo, que tiene 17 años.
Le estaba hablando de la importancia de las matemáticas y de la comprensión lectora... me interrumpió y me dijo:
«Papá, ¿para qué quiero aprender matemáticas o cualquier otra cosa si las IA lo hacen mejor que yo?»
Mi primera respuesta fue la que probablemente daríamos muchos de nosotros:
— Porque tienes que comprender el problema para poder resolverlo.
Y entonces llegó su respuesta:
«La IA comprende el problema mejor que yo y mejor que mi profesor.»
Me dejó pensando.
Después añadió algo todavía más interesante.
«Cuando vaya a trabajar, mi jefe probablemente le importará que el resultado sea correcto y que llegue a tiempo. Le dará igual que yo haya escrito una palabra con b o con v si el resultado final es correcto y rentable para su empresa.»
Y terminó con una frase que resume perfectamente el cambio de paradigma:
«Lo que tengo que aprender es a hacer buenos prompts para que la IA comprenda el problema.»
No estoy diciendo que mi hijo tenga razón en todo.
Pero sería un error no escuchar lo que hay detrás de su razonamiento.
El problema no es que la IA piense por nuestros hijos
El verdadero problema sería que nuestros hijos no aprendieran a pensar con la IA.
Aquí está, probablemente, uno de los grandes desafíos educativos de nuestro tiempo.
La inteligencia artificial no elimina la necesidad de comprender matemáticas, lenguaje, ciencia o historia.
La transforma.
Un alumno que no comprende un problema difícilmente podrá saber si la respuesta de una IA es correcta.
Un alumno que no sabe leer críticamente tampoco sabrá distinguir una respuesta rigurosa de una respuesta inventada.
Un alumno que no sabe razonar puede convertirse simplemente en un consumidor de respuestas generadas por máquinas.
Por eso la comprensión lectora y las matemáticas siguen siendo fundamentales.
Pero enseñar estas competencias exactamente igual que hace décadas quizá ya no sea suficiente.
El lenguaje de nuestros alumnos también ha cambiado
Y aquí aparece otro cambio que la educación todavía está asimilando con demasiada lentitud.
Nuestros alumnos viven rodeados de imágenes, vídeo, animación, sonido, interacción y experiencias digitales.
La imagen se ha convertido en uno de sus principales lenguajes de comunicación.
Podemos lamentarlo.
Podemos decir que deberían leer más.
Podemos pedirles que abandonen las pantallas.
Pero existe una alternativa mucho más inteligente:
enseñarles también utilizando el lenguaje con el que están acostumbrados a comunicarse.
No se trata de sustituir un libro por una pantalla.
Ni de sustituir al profesor por una IA.
Ni de convertir la educación en entretenimiento.
Se trata de utilizar todas las herramientas disponibles para conseguir que el alumno comprenda, participe y recuerde.
La escuela no puede quedarse en el siglo pasado
El debate educativo no debería ser:
libros o tecnología.
Debería ser:
¿qué combinación de conocimiento, pensamiento crítico, tecnología y experiencias necesita un niño para enfrentarse al mundo que viene?
Necesitamos alumnos que sepan leer.
Pero también que sepan interpretar una imagen.
Que sepan hacer matemáticas.
Pero también formular correctamente un problema para una IA.
Que sepan escribir.
Pero también evaluar un texto generado automáticamente.
Que conozcan la ciencia.
Pero también sepan utilizar herramientas tecnológicas para investigar.
Que memoricen determinados conocimientos.
Pero, sobre todo, que sepan utilizarlos.
¿Estamos preparando a nuestros alumnos para 2035 con herramientas de 1980?
Esta es la pregunta que deberíamos hacernos.
No podemos construir la educación del futuro simplemente añadiendo una pizarra digital al aula tradicional.
Tampoco basta con poner una tablet en las manos de un alumno.
La transformación tiene que ser pedagógica, no solamente tecnológica.
Y para conseguirla necesitamos políticos que comprendan el mundo que viene, administraciones capaces de innovar, centros educativos abiertos al cambio y profesores con formación y herramientas adecuadas.
Y, sobre todo, necesitamos dejar de pensar que innovar en educación significa simplemente digitalizar lo que ya hacíamos antes.
Porque poner un libro en una pantalla no cambia la educación.
Poner un examen en un ordenador tampoco.
La verdadera innovación comienza cuando nos atrevemos a preguntar:
¿Qué necesita aprender realmente un niño para vivir, trabajar y desarrollarse en el mundo que tendrá cuando sea adulto?
El futuro ya está aquí
La inteligencia artificial no es el futuro.
Ya está en las aulas.
Los niños ya la utilizan.
Los adolescentes ya la utilizan.
Las empresas ya la utilizan.
Y cada año será más potente.
La cuestión ya no es si debemos permitir que nuestros alumnos utilicen estas herramientas.
La cuestión es si vamos a enseñarles a utilizarlas con criterio, conocimiento y pensamiento crítico.
Porque probablemente el alumno que tendrá más éxito en el futuro no será aquel que simplemente memorice más información.
Será aquel que sepa:
comprender, preguntar, analizar, contrastar, crear y tomar decisiones.
Y quizá ese sea precisamente el reto que PISA debería hacernos mirar de frente.
No solamente qué saben nuestros alumnos.
Sino si lo que estamos enseñándoles les prepara realmente para el mundo que les espera.
La educación no puede preparar a los niños para el mundo de ayer.
Tiene que ayudarles a comprender el mundo de hoy para que puedan construir el de mañana.